Acabo de descubrir un artículo de Jean Clément “Del texto al hipertexto: hacia una epistemología del discurso hipertextual”. Me fascinó todo el desarrollo del tema, pero especialmente los dos últimos párrafos. Reafirman lo que mencionaba abajo con respecto a la ponencia de Lutzky: hay mucho de oralidad en la manera en la que lee en pantalla. Va la cita de Clément donde éste, a su vez, cita a Michael de Certau:
El texto clásico, independientemente de su pertenencia al campo de la literatura, la filosofía o las ciencias sociales, es un texto que borra toda huella del dispositivo del que ha surgido. Si hace referencia a otros textos es para asegurar mejor sus propios cimientos, su construcción, su coherencia. El texto clásico se ofrece a la lectura como una arquitectura o como el plan de una ciudad, transforma la complejidad de la realidad en algo legible, asegura el orden frente al desorden. Como si fuera una base de datos, clasifica, jerarquiza y organiza los elementos que le componen. Es independiente del uso que hagamos de él. Pasar del texto al hipertexto es como quitar descubir los cimientos de la ciudad, abandonar la visión panóptica para pasar a la zona donde cesa la visibilidad, pasar de una visión panorámica al campo reducido de una visión ambulante: La marcha afirma, sospecha, adivina, transgrede, etc., las trayectorias que “habla”. Todas las modalidades participan, cambiantes paso a paso, y repartidas en proporciones y sucesiones, con intensidades variables según los momentos, los recorridos, los caminantes. Diversidad indefinida de operaciones enunciadoras.
Esta propuesta de Michel de Certeau, que busca oponer la ciudad como lugar al espacio urbano como recorrido, caracteriza a mi juicio el desarrollo intelectual del hipertexto. Parafraseando a Certeau, podríamos decir que el recorrido supone para el hipertexto “lo que la enunciación es para la lengua o para los enunciados proferidos. Al nivel más elemental hay una triple función “enunciativa”: se trata de un proceso de apropiación del sistema topográfico por parte del usuario (igual que el hablante se apropia de la lengua y la asume); es una realización espacial de un lugar (del mismo modo que el acto de habla es una realización sonora de la lengua); en fin, implica relaciones entre dos posiciones diferenciadas, es decir “contratos pragmáticos en forma de movimientos (igual que la enunciación verbal es “alocución”), “enfrenta al otro” con el hablante y trae a colación los contratos entre los participantes en el acto comunicativo”. Los dispositivos materiales en los que se encarna cuentan casi siempre con herramientas de visualización en forma de plano, de gráfico, de red, cuyo fin es favorecer la legibilidad. Pero lo que leemos mediante ellas no es el hipertexto. No es más que su representación simbólica. Porque el hipertexto no es algo que se pueda leer, sino que hay que escribirlo. El sentido no está fijado de una vez por todas. Si hay que encontrar una información, las bases de datos lo harán. Si hay que seguir una argumentación, el orden de los razonamientos induce a la linearidad. La especificidad del hipertexto es que introduce una forma de enunciación pionera. Podemos recorrerla utilizando un plano, seguir las indicaciones de las calles. Pero en cada cruce, es el peatón quien decide qué dirección seguirá, dando un rodeo o tomando un atajo. Y lo que le induce a girar a izquierda o derecha es la alquimia que se establece entre los humores del paseante y los ambientes de la ciudad. Recorrer un hipertexto es ir a la deriva.